El aroma de la gracia

 Estas líneas las tuve pendientes durante varios meses. El pasado Miércoles de Ceniza, mientras caminaba hacia el teatro del colegio para celebrar la misa respectiva, volví a tropezarme con un arbusto, cuyo recuerdo es muy especial para mí. Ya no podía postergarlo más. Sin embargo, no sabía el nombre de aquel arbusto. Le pregunté a Madre Esperanza, pero ella tampoco lo sabía. Tengo un escrito en el tintero sobre él, le dije a la Madre, y me pidió que lo consultara con el jardinero. Jazmín de Azahar es su nombre, profesor, me dijo el buen Eddy. Aquí está el artículo.

Jazmín de Azahar del colegio Mater Salvatoris

El Jazmín de Azahar es un arbusto conocido también como azahar de la India, limonaria o naranjo jazmín, es, como apunté, un arbusto o pequeño árbol perenne, famoso por sus flores blancas altamente perfumadas, similares a los cítricos. Sin embargo, para mí, en especial su perfume, es un camino que me lleva al recuerdo de mi casa y, muy especialmente, de mi mamá. Ahora que lo pienso, estoy escribiendo sobre ella por segunda vez. He tratado de guardar su recuerdo en lo más profundo de mi corazón. Allí donde María guardaba lo más valioso. Hoy asoma su rostro, quizás provocado por haberme reencontrado con el jazmín de azahar en el colegio donde trabajo. Me gustaría dedicarle estas líneas, no solo a ella, sino a mis hermanos que la recuerdan a diario.

En la arquitectura del espíritu, existen fragancias que no pertenecen al tiempo, sino a la eternidad. El Jazmín de Azahar es una de ellas. No es solo una flor; es un sacramento vegetal, una pequeña semilla blanca que exhala el aliento de lo divino en el rincón más humilde del jardín. Estas líneas, lo anuncié el inicio, buscan recorrer el hilo invisible que une la blancura del pétalo con el recuerdo de la madre y la esperanza luminosa de un sol que siempre regresa. Filosóficamente, este jazmín evoca a Plotino en su ascenso al Uno, donde el alma se despoja de lo múltiple para unirse al Todo. Pero en el misticismo cristiano, es el Verbo hecho flor: «Yo soy la rosa de Sarón, el lirio de los valles» (Cantar de los Cantares 2:1), un susurro divino que perfuma el exilio del alma hacia su origen.

Para la mística cristiana, el perfume es el odor vitae, el rastro de la presencia de Dios en el mundo sensible. San Juan de la Cruz hablaba de las amenas liras y el viento de amor que mueve las azucenas; el Jazmín de Azahar opera de la misma forma, al menos para mí. Su aroma es una epifanía. En la filosofía de la memoria, este aroma funciona como una anamnesis platónica: no estamos aprendiendo algo nuevo, estamos recordando algo que nuestra alma ya sabía en el hogar materno.

La figura de la madre es el suelo fértil donde germina la identidad. Su recuerdo no es una imagen estática, sino una atmósfera. Al oler el azahar, regresamos al patio de la infancia, a esa iglesia doméstica donde la unión familiar no se explicaba con palabras, sino con la presencia compartida bajo la sombra de los arbustos. En mi casa hubo un Jazmín de Azahar apostado a un costado, muy cerca del estacionamiento. De alguna manera, su perfume marcaba el límite entre el afuera y el adentro. Era la puerta inconfundible para la intimidad, quizás la puerta a un corazón secreto al que solo se accedía si el perfume del arbusto lograba penetrar hasta la fuente que nos habita. El recuerdo de la madre se condensa en ese perfume: sus manos, ásperas de lavar y cocinar, rozando los pétalos para liberar su esencia en el aire. Ella, virgen y madre a la vez, como María bajo el azahar de Nazaret, nos enseñaba sin saberlo que el hogar no es ladrillo, sino fragancia compartida.

No siempre estaba vestido de blanco, pero así lo tengo invencible en mi recuerdo. El color blanco de la flor simboliza la pureza del amor desinteresado. En el misticismo, la madre es a menudo el reflejo de la Sophia (la Sabiduría divina) o de la Virgen, cuidando el jardín de las almas con una paciencia que imita la de Dios. Su blancura está amorosamente tallada a mi memoria. Un recuerdo que se repite constantemente. Días de diciembre, yo caminando de aquí para allá esperando la llegada de los tíos y los primos, escuchando con unos walkman recién comprado, probablemente el regalo del Niño Jesús, un cassette de The Beatles, el primero que tuve de ellos: 20 éxitos de Oro. Escuchaba un tema, hoy vital en mi vida, Here Comes The Sun.

La unión familiar es una resistencia contra el «largo, frío y solitario invierno» del que cantaba George Harrison en Here Comes the Sun. Hay una conexión profunda entre la sencillez de esa melodía y la mística de la esperanza. Cuando la canción anuncia «Little darling, it's been a long cold lonely winter», resuena con el alma que ha pasado por una noche oscura. Pero el Jazmín de Azahar florece precisamente para anunciar el cambio de estación. Su aparición es la señal física de que el hielo se ha derretido. «La sonrisa vuelve a los rostros», dice la letra. En el hogar, esa sonrisa solía ser la de la madre, la de mi mamá, asegurándonos que, a pesar de las dificultades, la luz siempre recupera su trono. Mi mamá nunca me habló de la esperanza, pero hoy, cuando recuerdo pasajes de la infancia, comprendo que todo estaba en los gestos, en sus gestos. Así hablan los sabios del corazón.

Desde una perspectiva filosófica, el jazmín nos enseña la omnipresencia de lo invisible. Antoine de Saint-Exúpery lo dice en su obra El Principito: lo esencial es invisible a los ojos. No vemos el aroma, pero nos transforma; no vemos el amor que une a una familia de forma tangible, pero es la estructura que sostiene el techo. El aroma se eleva, recordándonos que no somos seres puramente materiales y así comprendí que algunos balbuceos de la trascendencia. Aunque la madre no esté físicamente, o el hogar de la infancia haya quedado atrás, el aroma del azahar actúa como un puente místico que anula la distancia y el tiempo.

El Jazmín de Azahar es una sonrisa que mezcla la mística y la música para ayudarme a reconocer que la belleza es una forma de oración. Cuando el sol sale y el aroma inunda el aire, Here Comes the Sun se transforma en un himno de gratitud. La familia, el recuerdo materno y la fragancia de la flor son tres hilos de una misma trenza: la que nos amarra a la vida con la promesa de que todo, al final, estará bien. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


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