El hombre, mapa de una existencia

 Frente a toda la crisis de identidad que vivimos los hombres actualmente, me resulta muy oportuno recordar aspectos claves que la Iglesia nos ha enseñado en su largo peregrinar en este mundo. Institución que nos hemos empeñado en señalar de esclavizante, cuando solos nos ha pedido que recordemos que fuimos creados libres para ser libres, pero responsables de esa libertad.


Me gustaría comenzar esta reflexión contemplando desde la Filosofía la palabra es. Se trata de una palabra de apenas dos letras, pero que, posiblemente, también signifique el peso pesado de la historia del pensamiento. En filosofía, el verbo es no es solo una función gramatical; es la puerta de entrada a la Ontología, es decir, al estudio del ser. Ella nos habla de significado, identidad y sentido existencial. Muchos filósofos modernos, como los del Círculo de Viena o incluso Nietzsche, advirtieron que el verbo "es" nos engaña, pues nos hace creer que las cosas tienen una esencia fija. Sin embargo, Edmund Husserl, otro filósofo, ha cuestionado tal afirmación, ya que, según él, y yo lo acompaño en ello, creía que, aunque las cosas cambien, tienen una esencia (eidos) que nuestra conciencia puede captar. El es no congela la realidad, sino que permite que nuestra mente identifique el qué de las cosas en medio del flujo de la experiencia.

La palabra es nos habla, ya lo apunté, de identidad. Una palabra asfixiantemente manoseada en la actualidad. Vivir hoy resulta, para muchos jóvenes, intentar armar un rompecabezas en medio de un huracán. Entre algoritmos que te dicen qué desear y una cultura que afirma que puedes ser lo que quieras —pero que no te explica qué eres—, la crisis de identidad no es una exageración, es el clima cotidiano. ¿Somos solo un puñado de átomos? ¿Un perfil de Instagram? ¿Un conjunto de traumas psicológicos? Responder a esto no resulta realmente tan complejo. La Iglesia católica lo viene haciendo desde su fundación. El problema no ha sido ese, sino el hecho de que muchos con poder y peso en los medios de comunicación han hecho creer que la Iglesia ha buscado esclavizar y someter la libertad del hombre.

A veces nos venden la idea de que nuestro cuerpo es como un estuche o, peor aún, un obstáculo. Santo Tomás de Aquino nos rescata con su realismo. Para él, el hombre es una unidad sustancial. No somos un alma atrapada en un cuerpo, ni un cuerpo que tiene un alma. Somos un ser humano precisamente porque somos alma y cuerpo indisolublemente unidos. Nuestro cuerpo no es un accesorio; es parte de nuestro yo. Lo que hacemos con nuestro cuerpo, se lo hacemos a nuestra persona. Nuestros sentidos y nuestra mente trabajan juntos. No hay nada en nuestro intelecto que no haya pasado primero por nuestros sentidos. Esta visión dignifica nuestra biología. Nuestro cuerpo tiene un lenguaje y una verdad que no podemos ignorar sin fragmentarnos.

A estas ideas, san Juan Pablo II le dio un giro apasionante con su Teología del Cuerpo. En un mundo que sexualiza todo pero no valora nada, él nos recordó que el cuerpo es el único capaz de hacer visible lo invisible: lo espiritual y lo divino. Nuestra identidad no se crea desde cero en tu mente; se descubre también a través de nuestro cuerpo, que está diseñado para el don de sí. No somos un objeto de consumo, somos personas llamadas a la comunión. Nuestra psicología se sana cuando entendemos que no fuimos hechos para la soledad, sino para el encuentro. Por estas cosas, Benedicto XVI solía hablar de una ecología del hombre. Así como cuidamos la naturaleza, debemos cuidar nuestra propia naturaleza humana. Él advertía contra la soberbia de creer que somos puramente autoconstruidos: «El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también es naturaleza», señaló. Psicológicamente, esto me resulta liberador. No tenemos que cargar con el peso de inventarnos cada mañana. Tenemos una gramática interna, una estructura que nos precede. Nuestra identidad se encuentra cuando aceptamos la verdad de quiénes somos, en lugar de intentar forzar una identidad que el mercado nos intenta vender.

La Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II lanza una frase que es el antídoto contra el vacío: «El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado». ¿Qué significa esto? Que si queremos saber quiénes somos, si realmente lo queremos saber, no miremos solo hacia adentro, donde a veces solo hay confusión, sino miremos a Cristo. Él revela el hombre al propio hombre. La Iglesia nos dice que somos un ser de una dignidad infinita, no por lo que hacemos o producimos, sino por quién nos creó.

San Ignacio de Loyola nos ofrece una herramienta práctica para navegar la crisis. En su Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales, afirma que el hombre es creado para «alabar, hacer reverencia y servir a Dios». Nuestra identidad está ligada a un propósito, no es un capricho ni un accidente cósmico. San Ignacio nos enseña a distinguir entre las voces que nos habita a través del discernimiento de espíritus. No todos nuestros pensamientos son nuestros. Aprender a distinguir qué nos lleva a la paz y qué nos lleva a la ansiedad es clave para mantener la salud mental en tiempos de crisis.

Ser hombre o mujer hoy no es una tarea de ingeniería social, sino un camino de descubrimiento. Somos una unidad física, con un cuerpo que comunica amor, una naturaleza que respetar, una dignidad divina y una misión clara. La próxima vez que te sientas perdido en el ruido digital, recuerda que no eres un producto terminado ni un error del sistema. Eres una persona llamada a la plenitud, y esa plenitud empieza cuando dejas de intentar ser otro y te atreves a ser quien Dios pensó que fueras. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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